Punto y seguido

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El amor llega sin avisar. Tú tranquila. No presiones, no busques, no fuerces y entonces aparecerá. Cansada estoy de escuchar ese palabrerío a mis queridas amigas ennoviadas (por si era necesario matizar). Cuando por fin encuentran a su otro yo, mutan en consejeras mayores del reino del corazón. Hacen del “tía, no te rayes” su estado de whatsapp. “Éste es tu año. Ya toca”. A lo que yo respondo: virgencita, que me quede como estoy.

No me apetece jugar en la liga del fingir. En cuyo caso, frungir. Y a veces ni eso. No quiero cerrar las puertas a eso que llaman amor. Pero por si acaso, necesito una ventana para escapar(me). Siempre a la cola. Exprimiendo cada detalle mientras esperas lo inesperado. Pero nunca se deja caer por el bar. Que hay muchos peces en el mar, pero puede que yo viva dentro de una pecera.

Sin embargo, un día anodino en el calendario tú ya no serás la misma. Vivirás tu propio clip. El que siempre imaginaste al escuchar ‘Dakota’. Pisarás la línea que juraste no cruzar mientras esbozas una sonrisa refleja, de las de verdad. Esa que te sale sin querer cuando lees su particular mensaje en el metro. Lo presentarás como Marcos. Sin determinante más sustantivo. Te preguntarán que no le han visto por las redes. Les cuentas que no por tener mil fotos te has enamorado más temprano. Que no siempre hace falta hablar y que aún te sigues poniendo nerviosa cuando tararea esa canción en tu oído. Que no te van los besos programados en estaciones. Que a estas alturas, el partido se gana metiendo boca sin preguntar.

Habrá crisis que dos años dure. El problema serás tú. O él. Las series, una llamada perdida o la pila de platos sin fregar. Las reglas del código. Una no cambia de la noche a la mañana, como mucho se acostumbra. Y esa rutina mella. Mientras tanto, vamos a intentarlo. Total, tus amigos ya te han tachado de la lista. Una menos.

Puede que esté a punto de llamar. Le he avisado por la mirilla que quizás no esté preparada, que no me atreva. Que mis amigos están en casa y se quedan a dormir en el sofá. Ha insistido dos veces. Es febrero y fuera hace frío. Le he invitado a pasar. Puntos suspensivos. El final os lo cuento otro día. Sólo si la historia acaba en punto y seguido.

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