Enseñar hasta el carnet de identidad

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Hubo un tiempo en el que a la cola del super, en la fila de una discoteca o en un mítico estanco de pueblo, el gesto de empuñar tu mano hacia el bolsillo en busca de tu documento identificativo era como el cigarro de después de.  Un hábito. Y si me apuras, hasta un sinónimo de poderío tras alcanzar el dichoso número. Hasta los diecisiete te jugabas la vida en libertad con cargos, pero después llegaba el derecho, el pleno derecho de enseñar tu foto horrible. Y eso era lo más.

El gesto de confirmar tu ‘yo’ con nombre y apellidos no debería durar más de dos/tres años. Ni uno más. Y nos la jugamos siendo muy borderlines. Pero no. La excepción fueron los veinticinco. El puto epicentro vital. Siete años después y seguimos en el mismo punto. Verificándonos a nosotros mismos.

No entiendes cómo en tus primeros weekend como universitaria o colegial no te lo pidieran. Porque claro, tú eres de último trimestre del año y los dieciocho llegaban con retraso. Eso sí, te ponías más escote que ahora. Bueno, ahora ya no tienes blusas con escote. Si acaso una, pero muy fina, de muselina, una monada. No, en serio, el escote ya no existe. Es feo. Esa abertura picuda sólo para los viceverser. El nuevo escote es la espalda y las axilas. Y claro, mirando las sobaqueras no se pueden calcular los años. Bueno, el caso es que por aquellos años de primeros tintes y flequillos rectos deberían habértelo pedido porque menudas pintas gastabas.

Y ahora llega un puerta de dónde eres -o eras- Public Relations, vamos un megáfono del social media que grita eso de: “¿quieres listas? apúntate antes de las dos y copita gratis”, y te insta a que le enseñes tu cuarto de siglo. No somos nadie.

Nos agrada que nos lo pidáis. En ese instante, sí. Nos sentimos como cuando a una de cuarenta le da por ser pixie y se quita diez años de un plumazo polvazo. Es sintomático. Pero hasta cierto límite. Entras, te pides una copa y piensas que el imbécil te lo ha pedido por ir en sudadera y zapatillas. No, si al final habrá que darle la razón a Dani Martín por querer entrar en ese garito desafiando los cánones.

No somos sirenas y si nuestro outfit de noche es un vestido, es como si hubiéramos ido a misa ese domingo. Un logro.  Por enseñar, ya no enseñamos ni las ideas. Ahora es el DNI. Un must. El nuestro.

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